En Grecia y Roma
El lugar del homosexual en la sociedad y la percepción de la homosexualidad
cambia muchísimo entre las sociedades y las épocas. En la
Grecia antigua, por ejemplo, fue considerado normal que un muchacho (entre
la pubertad y el crecimiento de la barba) fuera el amante de un hombre
mayor, el cual se ocupaba de la educación política, social,
científica y moral del amado. Pero se consideraba más extraño
que dos hombres adultos mantuviesen una relación amorosa (aunque
se ve que era normal en la relación entre Aquiles y Patroclo, o
en las parejas de soldados tebanos y hasta en la relación entre
Alejandro Magno y Hefestión). La situación de la mujer,
al contrario de lo que podría pensarse, era muy diferente y la
homosexualidad femenina no estaba bien vista.
La máxima griega era, a este respecto, que la mujer era para la
reproducción, pero el hombre para el placer. Se reconocía
que era necesario preservar la estirpe, la especie, pero que solamente
se podía encontrar placer en la relación íntima con
otro hombre.
En la antigua Roma, que tenía un sistema similar, era normal que
un hombre penetrara a un esclavo o a un joven, mientras que lo contrario
era considerado una desgracia. De Julio César, el gran genio militar,
creador del Imperio, se decía que era vir omnia mulieris et mulier
omnia virorum, esto es, "el hombre de todas las mujeres y la mujer
de todos los hombres". Y aunque se decía que había
perdido la virginidad con un rey (aludiendo a su estadía en Asia
Menor como huésped de un rey), eso no fue motivo de menoscabo efectivo
para él. Marco Antonio y Octavio (después conocido como
Augusto César, tenían amantes masculinos. Y nadie rasgaba
vestiduras por eso.
La percepción cambia cuando el cristianismo decadente y apostatado
del siglo IV, influido hasta el tuétano por las máximas
de los gnósticos (quienes consideraban que el cuerpo y todo lo
material y tangible era esencialmente malo, y que, por lo tanto, todo
lo sexual era perverso porque traía al mundo a espíritus
celestiales a sufrir, encarcelados en cuerpos imperfectos, sujetos a las
bajezas y las pasiones de los demonios) se hizo aliado del Estado romano
(del que Constantino I el Grande era el pontifex maximus; "sumo pontïfice")
y se puso a elaborar cödigos de conducta para todos, llegando a imponer
la muerte incluso a quienes osaron desafiar sus ponencias.
En esta faceta, también, y rompiendo con lo que era su esencia
en el siglo I, el cristianismo (dividido en muchas sectas y descarriado
de la enseñanza original) se transformó de perseguido en
perseguidor y de víctima en victimario de sus oponentes. Y no solo
los otros "cristianos" fueron perseguidos, sino también
quienes conservaron su fe pagana y, por supuesto, los homosexuales.
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